Beijing + 30: Tres décadas de promesas, avances y urgencia de consolidación

24 de septiembre de 2025

El 15 de septiembre de 1995, 189 Estados firmaron un compromiso histórico: la Declaración de Beijing y su Plataforma de Acción de Beijing, un ambicioso plan para transformar la vida de mujeres y niñas en todo el mundo. Doce áreas críticas quedaron en el centro de la agenda: violencia contra las mujeres, salud y derechos reproductivos, participación política, poder económico, educación, medio ambiente, entre otras. 

Tres décadas después, la pregunta es inevitable: ¿Qué se ha logrado realmente? ¿Qué promesas aún esperan cumplirse? Y, sobre todo, ¿Cómo podemos garantizar que ninguna mujer quede atrás en un mundo que sigue marcado por desigualdades persistentes? 

Avances en los derechos de las mujeres a 30 años de Beijing 

Desde la adopción de la Declaración y Plataforma de Acción de Beijing en 1995, se han registrado transformaciones significativas en todo el mundo. Aunque la igualdad plena aún no se ha alcanzado, los avances son palpables y demuestran que las políticas decididas y la visibilidad de los problemas pueden generar cambios duraderos.  

    • En el ámbito legal y político, la Plataforma de Beijing inspiró a casi todos los países a aprobar leyes contra la discriminación de género y la violencia hacia las mujeres. Según ONU Mujeres, más de 1.500 leyes se han promulgado en casi todos los países del mundo, frente a apenas una docena de naciones con normativas similares en aquel momento (Dentro de estas, más de 350 se centran en la violencia de género). Muchas naciones incorporaron cuotas de género y mecanismos que permiten una mayor participación femenina en espacios de decisión, elevando la presencia de mujeres en política a niveles inéditos en la historia. En la actualidad, la lucha está en adaptar la legislación a las nuevas formas de violencia relacionadas con la tecnología. 
    • En educación, los avances también son notables: La UNESCO confirma que la paridad de género en la escolarización primaria es casi universal, y en la educación superior las mujeres superan en muchos países a los hombres en número de graduadas. Una victoria histórica que abre caminos antes vedados. 
    • Economía y derechos laborales: Las legislaciones globales avanzan hacia la prohibición de la discriminación laboral por género y reconocen la carga de cuidados no remunerada que históricamente ha recaído sobre las mujeres, como destaca el Informe Global de Brecha de Género del Foro Económico Mundial. La igualdad económica sigue siendo un objetivo, pero se han sentado las bases para una transformación real. 
    • Salud y protección: La salud materna y reproductiva ha mejorado gracias a políticas que amplían el acceso a servicios esenciales y métodos seguros de planificación familiar, tal como recoge la OMS Paralelamente, más de 100 países han capacitado a sus cuerpos policiales y creados servicios de apoyo integral para supervivientes de violencia, incluyendo refugios, asistencia legal y acompañamiento psicológico. Estos logros reflejan que Beijing no fue solo un documento, sino un mapa de ruta global que sigue marcando el camino hacia la igualdad. Pero no podemos confundir avances con victoria final: la igualdad requiere vigilancia constante, políticas sostenidas y compromiso social. 

Lo que aún está pendiente: brechas urgentes y riesgos 

A pesar de los progresos, las desigualdades persisten y, en algunos casos, se profundizan. La brecha salarial sigue siendo una realidad. En España, por ejemplo, alcanza el 12,9 % y se dispara en empleos a tiempo parcial, donde las mujeres suelen ocupar los puestos más precarios y con menos beneficios. 

Las mujeres rurales, migrantes, con discapacidad o pertenecientes a minorías étnicas enfrentan barreras adicionales que limitan su acceso a la educación, al empleo y a la justicia. Aunque las leyes han avanzado, la violencia de género continúa afectando a millones de mujeres: de acuerdo con ONU Mujeres, una de cada tres ha sufrido violencia física o sexual, y ahora también en entornos digitales. Lo más preocupante es que casi una cuarta parte de los gobiernos del mundo reporta retrocesos o resistencias activas frente a los derechos de las mujeres, lo que amenaza conquistas históricas en materia de salud reproductiva, derechos de identidad y protección legal. 

A esto se suman desafíos emergentes como la pandemia, la crisis climática, los conflictos geopolíticos y la inflación, que golpean con más fuerza a quienes ya viven en condiciones de vulnerabilidad. No basta con tener leyes: es imprescindible asegurar financiación, formación de profesionales, apoyo psicológico y servicios integrales. Y, sobre todo, blindar los derechos frente a intentos de retroceso legal y cultural. 

Beijing + 30: hacia dónde mirar ahora 

El aniversario de Beijing invita no solo a mirar atrás, sino también a proyectar el futuro. Para que las promesas no se queden en papel, los Estados deben comprometerse con mayor transparencia en la recolección de datos y en la rendición de cuentas sobre lo que realmente se cumple. Es urgente invertir en sistemas de cuidados que permitan repartir responsabilidades de manera justa, mejorar los permisos parentales y avanzar hacia modelos de conciliación laboral que no castiguen a las mujeres. 

La equidad salarial debe dejar de ser una aspiración para convertirse en una práctica obligatoria, con leyes de transparencia salarial y mecanismos de negociación colectiva que incluyan cláusulas de igualdad. La lucha contra la violencia de género requiere financiación estable, capacitación de los sistemas judiciales y servicios de apoyo que acompañen a las víctimas más allá de la emergencia inmediata. Y en un mundo atravesado por crisis recurrentes, resulta indispensable diseñar políticas resilientes, capaces de sostener los derechos de las mujeres incluso en contextos de inestabilidad económica, sanitaria o ambiental. 

Una reflexión necesaria 

Beijing + 30 no es solo un aniversario, sino un recordatorio de que los avances pueden ser reales, pero también frágiles. La igualdad no llega por inercia: exige compromiso político, vigilancia ciudadana y la convicción de que ningún derecho puede darse por sentado. Treinta años de lucha demuestran que el cambio es posible, pero la verdadera pregunta es cuánto estamos dispuestos a seguir haciendo para que las próximas generaciones hereden un mundo realmente igualitario.